RECORDANDO

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Él tomó su mano y la apretó contra su cara, también sin saber hasta cuándo debía mantenerla allí, ni con qué intensidad debía agarrarla.
Ella sintió ganas de decir que lo amaba. Pero eso lo estropearía todo, podía asustarlo o, lo que era peor, podía hacer que respondiese que él también la amaba. María no quería eso: la libertad de su amor era no pedir ni esperar nada.
- El que es capaz de sentir sabe que es posible tener placer incluso antes de tocar a la otra persona. Las palabras, las miradas, todo eso contiene el secreto de la danza. Pero el tren llegó, cada uno va por su lado. Espero poder acompañarte en este viaje hasta… ¿hasta dónde?

- De vuelta a Géneve – respondió Ralf.
- El que observa, y descubre a la persona con la que siempre ha soñado, sabe que la energía sucede antes que el propio acto. El mayor placer no es el acto, es la pasión con la que se practica.
- Hablas del amor como una profesora.
María decidió hablar, porque ésa era su defensa, su manera de decirlo todo sin comprometerse con nada:
- El que está enamorado hace el amor todo el tiempo, incluso cuando no lo está haciendo. Cuando los cuerpos se encuentran, es simplemente la gota que colma el vaso. Pueden permanecer juntos durante horas, incluso días. Pueden empezar la danza un día y acabar al día siguiente, o incluso no acabar, de tanto placer. Nada que ver con once minutos.
- ¿Qué?
- Te amo.
- Yo también te amo.
- Perdón. No sé lo que digo.
- Ni yo.

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